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 Gandhi: El idealista pragmático
 

Fuente: www.que-leer.com 

La aparición de sendas biografías sobre el considerado padre de la nación india, el mahatma Gandhi, ha vuelto a poner de actualidad su figura y su legado. Tanto el libro de José Frèches (en Espasa) como el de Jacques Attali (Kairós) consiguen atrapar al lector interesado en evitar los tópicos del acercamiento occidental a la cultura hindú.

Texto de Joan Nogues

Mohandas Karamchand Gandhi nace el 2 de octubre de 1869 en Porbandar, una ciudad portuaria situada al noreste de la India, en la región de Gujârat. Es el cuarto hijo de una familia perteneciente a la casta de los Baniya, propia de los comerciantes. Aunque alguno de sus antepasados había ostentado la condición de diwan (algo así como un gobernante dotado de poderes administrativos al servicio de un príncipe o un rey), y pese a gozar de una posición relativamente acomodada, no puede decirse que Mohandas pertenezca a la elite social de la India. De hecho, cuando decide estudiar Derecho en Londres, pasará muchos apuros para reunir el dinero necesario. Antes, a los trece años, se había casado con Kasturbai, de su misma edad; se trata de un matrimonio arreglado, pero Gandhi lo acepta porque no desea oponerse a la tradición ni contrariar a sus padres.


Una vez terminados sus estudios en Londres irá a trabajar a Sudáfrica, donde al cabo de poco tiempo abrirá un despacho de abogado. Nada más llegar experimenta un sentimiento de malestar por la situación de marginación en que vive la minoría india residente en el país. Será durante su etapa africana que se irá forjando su carácter político: funda el Congreso de los Indios de Natal, cuya finalidad principal es la defensa de los derechos cívicos de sus compatriotas; durante la guerra de los bóers (que enfrenta a holandeses y británicos) crea un cuerpo de camilleros indios, que son enviados al frente para recoger a los heridos.


En 1914 abandona definitivamente Sudáfrica e iniciará su trayectoria política en la India. Al año siguiente ya había fundado un ashram (un enclave organizado a modo de falansterio). En 1930 encabeza una larga marcha en protesta por el impuesto de la sal: se trata de su primer gran acto de desobediencia civil contra la dominación británica. Durante los años siguientes, Gandhi recorrerá el país difundiendo su mensaje de resistencia no violenta frente al colonizador británico y de unidad entre todos los ciudadanos indios, independientemente de su confesión religiosa. Sus esfuerzos por conseguir la emancipación política de una India liberada del yugo colonial se verán recompensados, pero su felicidad se ve empañada por la tragedia de la escisión de Pakistán: la concordia y unidad entre musulmanes e hindúes no ha sido posible. Finalmente, el treinta de enero de 1948, un extremista hindú le dispara cuando se disponía a acudir a su oración pública cotidiana.

Influencia europea
El gran peligro al que se enfrentaban José Frèches i Jaques Attali era el de caer en la hagiografía. Todos aquellos que recordamos el Gandhi cinematográfico, dirigido por Richard Attenborough y protagonizado por Ben Kingsley, sabemos que uno de los escasos deméritos que pueden reprochársele es precisamente el de flirtear con la mitificación del personaje. En este sentido, Attali consigue salir más airoso del envite que Frèches, que a menudo se ve atrapado por el magnetismo de su biografiado. De todos modos, ambos realizan un notable esfuerzo por conseguir un equilibrio entre la admiración que suscita el hombre menudo que se atrevió a desafiar al todopoderoso imperio británico y la contraimagen paródica del gurú santurrón.


Una de las conclusiones que el lector atento puede extraer de ambas biografías es que, a menudo, la querencia de occidente por la espiritualidad asiática olvida que algunos de los principales abanderados del hinduismo se han inspirado en gran medida en fuentes europeas o norteamericanas. El propio Gandhi cuenta entre sus principales autores de cabecera a Lev Tolstói (con quien llegó a cartearse), a John Ruskin y a Henry David Thoreau. Naturalmente, no se trata de empequeñecer la figura de Gandhi convirtiéndolo en un intelectual a la europea, pero no se puede obviar que el rechazo a la posibilidad de convertir la India en un “inglistán”, deriva del profundo conocimiento de sus contradicciones y miserias, y que a ese conocimiento contribuyen autores muy alejados de la tradición hindú.


Así pues, pese a reconocer la poderosa influencia jainista de su madre y de las decisivas enseñanzas de su “maestro” Raychandbhâi, que le explica entre otras cosas la sabiduría contenida en los Vedas, no debe orillarse todo el caudal de conocimientos que Gandhi recibe de la tradición occidental. Rizando el rizo, incluso podría defenderse que es también en el diálogo con sus interlocutores europeos donde redescubre sus raíces y su identidad india (un ejemplo: es durante su estancia en Inglaterra cuando se da cuenta, avergonzado, de que todavía no ha leído el Bhagavad-Gita).

¿Era Gandhi antisemita?
Otro de los puntos fuertes de ambas biografías es el vigoroso retrato de la evolución ideológica de Gandhi, que parte de una ingenua admiración hacia todo lo británico (admiración que lo lleva a posicionarse a favor del imperio en la guerra de los bóers) hasta convencerse finalmente, con el paso de los años y la acumulación de decepciones, humillaciones y atropellos, de la imposibilidad de confiar en la buena voluntad de los colonizadores. Desde sus experiencias en África del Sur, donde al principio se preocupa únicamente del reconocimiento de los derechos de la minoría india e ignora la lacerante y precaria situación de la población autóctona de raza negra, hasta su liderazgo en la emancipación (incluso podría decirse “en la construcción”) de la nación india, Gandhi va experimentando una maduración de su pensamiento político y un “refinamiento” de su apuesta por la estrategia de la no violencia que se nos revela mucho más sutil y flexible (en definitiva, mucho más política) de lo que los panegiristas pacifistas suelen creer. Particularmente interesante es la descripción de la relación de Gandhi con dos personajes decisivos en la historia de la India: Nehru y Jinnah, protagonistas en el proceso traumático que desembocó en la partición de la antigua colonia en dos estados: India y Pakistán.


Es curioso destacar cómo el mismo año 1947 nacen, a sangre y fuego, dos estados que hoy en día constituyen dos de los focos más desestabilizadores de la política mundial: Israel y Pakistán. Como en el caso de Michael Collins y la fragmentada independencia irlandesa, la resignada aceptación por parte de Gandhi de la división entre India y Pakistán lo convertirá a los ojos de muchos de sus compatriotas en un traidor. Sus detractores nunca llegaron a entender los ímprobos esfuerzos que el mahatma llevó a cabo para que la partición no se consumara, para que hindúes y musulmanes pudieran vivir en paz en un mismo país.


Es público y notorio que Gandhi sentía una sincera simpatía por la espiritualidad islámica y que a menudo encontraba inspiración y reposo en la lectura sosegada del Corán. Pero no puede ignorarse que la actitud conciliadora de Gandhi hacia ese mundo, pese a ser sincera, era al mismo tiempo muy útil políticamente, porque le permitía congraciarse con la población musulmana de la India cuando todavía creía posible embarcarla en un mismo proyecto político.


No es éste un dato baladí, porque nos permite entender mejor sus recelos hacia la creación del estado de Israel, al cual seguramente veía como un enclave neocolonial que de ningún modo podía contar con su apoyo. De hecho, si alguien osara hoy en día expresar su opinión sobre el nazismo y el exterminio de judíos durante la Segunda Guerra Mundial en términos similares a los utilizados por Gandhi, seguramente acabaría procesado en más de un país. Aún hoy provoca una extraña suerte de incomodidad leer sus consideraciones sobre la conveniencia de renunciar a la resistencia física frente a las atrocidades y fechorías nacionalsocialistas (dicho de otro modo, la resistencia y firmeza espirituales deberían bastar para convencer al enemigo de su error y, si no era así, debía aceptarse gozosamente el negro destino de las cámaras de gas). Incluso se atreve a recomendar a la población inglesa que no se oponga militarmente a la invasión nazi de Gran Bretaña.


Sin ánimo de parecer cínico, uno puede entender perfectamente que para Gandhi el enemigo de su enemigo fuera su amigo, pero parece inevitable sospechar que debió de albergar en algún momento la inconfesable esperanza de que el avance de las tropas alemanas debilitara a la potencia colonial británica, favoreciendo de este modo sus aspiraciones independentistas. Si a todo ello añadimos que se tildara a sí mismo en una carta de “amigo sincero” de Hitler y que el nacionalsocialismo considerara el subcontinente indio como la cuna de la raza aria, nos daremos cuenta de lo resbaladizo y viscoso de todo este asunto. ¿Era Gandhi antisemita? Es evidente que no (de hecho calificaba a los judíos de “intocables del cristianismo”, a modo de denuncia de todas las persecuciones y represiones que habían sufrido), pero también es cierto que se sentía mucho más cercano (sentimentalmente y políticamente) al mundo musulmán.

La flaqueza de un líder
La segunda “sombra” en la vida de Gandhi, que ambas biografías no esconden, surge de su vivencia de la sexualidad. Cuando hoy en día no paramos de escuchar sandeces sobre las prácticas liberadoras de la sexualidad tántrica y el refinamiento erótico oriental, resulta chocante ver que Gandhi, símbolo de la sabiduría y serenidad orientales, nunca resolvió de modo satisfactorio la tensión entre la pulsión sexual y su aspiración a la perfección espiritual. Sus constantes propósitos de enmienda y “recaídas” en la debilidad concupiscente nos lo presentan como alguien mucho más humano e interesante que el arquetipo de santón inapetente que está por encima del bien y del mal.

Se nos explica incluso que llega a proponerle a su esposa Kasturbai (con quien se casó siendo todavía púberes los dos) una especie de voto de castidad conyugal que limitara los encuentros sexuales a una estricta finalidad reproductiva. Gandhi asoció ya desde muy joven la sexualidad a la violencia, y nunca pudo superar del todo tal identificación; es, por lo tanto, fácilmente comprensible que alguien que había apostado de modo tan valiente y decidido por la no violencia se esforzara en anular (o al menos reducir) la vehemente fuerza de su pulsión sexual.


Resulta ciertamente chocante observar que los grandes logros que obtuvo Gandhi en su lucha pacífica por la libertad de la India están salpicados por estallidos de violencia pese a los cuales (o gracias a ellos, según se mire) la trayectoria hacia la emancipación política sigue su curso. La última gran virtud de estas dos biografías consiste en su aportación a la desmitificación de la India como paradigma de la paz espiritual y del camino hacia la sabiduría. Pocos países hay en el mundo donde la violencia interétnica haya provocado tantas víctimas y donde el altar de la libertad se haya cobrado tal número de inocentes, entre los cuales cabe incluir al propio Gandhi.
Quizás uno de sus grandes aciertos fue saber vislumbrar (más allá de los tabúes, restricciones, miedos y violencia reinantes en el ambiente) el tesoro de sabiduría espiritual necesario para emprender su proyecto. De todos modos, sin ánimo de escamotearle a Gandhi su condición de hombre excepcional (cuando nada en sus antecedentes familiares o en su formación parecían augurarlo), no parece justo presentar el final de su trayectoria política y vital como una culminación exitosa, puesto que la alegría por la independencia se ve ensombrecida por la tragedia de la partición. Al padre de la nación india le duele en el alma esta herida incurable que separará a sus compatriotas y provocará un doble éxodo, ingente y patético como pocas veces se ha visto en la historia de la humanidad. Cuando se vislumbra la posibilidad, planteada por Lord Mountbatten, de una partición “balcánica” donde cada estado decida su futuro, Gandhi plantea la contrapropuesta (irónica y provocadora, pero al mismo tiempo reveladora) de entregar todo el poder a la comunidad musulmana a cambio de que se mantenga la unidad: hasta tal punto le resultaba repulsiva la partición. Ni que decir tiene que su contrapropuesta fue desestimada y que sólo sirvió para enervar a los sectores más radicales de la comunidad hindú, que cada vez más lo veían como un traidor quintacolumnista. Como suele decirse, se mascaba la tragedia.


Así pues, al final vemos a Gandhi, caído a los pies de su asesino después de recibir tres disparos, no como el vegetariano contumaz e irreprochable, no como el abogado esforzado pero mediocre, no como el guía espiritual cuya flaqueza constituye al mismo tiempo su firmeza, no como el líder político que plantó cara al opresor colonial y despertó a toda una nación, sino como el protagonista de una tragedia que nos llena de esperanza.

 
 
 

 

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